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Catalina II la Grande

Stettin (Szczecin), Polonia 2-5-1729 / San Petersburgo, 17-11-1796
Catalina I inauguró el que podría llamarse “siglo de las zarinas” en Rusia. La sucedió la cruel Ana Ivanovna, tras el efímero reinado de Pedro II. Cuando Ana pretendió nombrar como sucesor a un bebé, su sobrino Iván VI, la guardia se sublevó designando sucesora a la madre de la criatura, Ana Leopoldovna. Esta fue derrocada, a su vez, por Isabel I, hija de Pedro el Grande. El reinado de Isabel I fue un período cultural floreciente en el que se fundaron la Universidad de Moscú y la Academia de Bellas Artes. Por sugerencia de la zarina, su sobrino y sucesor, Pedro III, se casó con Sophie Fredericke Auguste von Anhalt-Zerbst que adoptaría el nombre de Catalina al convertirse a la religión ortodoxa. Esta mujer culta, inteligente y gigantesca no tuvo ninguna duda sobre cuál era el papel que quería desempeñar en la corte: encabezar la conspiración contra su marido. Con toda la nobleza rusa respaldándola, acabó con el reinado del excéntrico y odiado Pedro III, lo envolvió para regalo y subió al trono en junio de 1762. Empezaba un período brillante de la historia rusa, el reinado de Catalina II la Grande.
La convulsión política continuó pero aplastar conjuras era pan comido para ella. Con guerra o diplomacia, según el caso, extendió los límites de Rusia hasta alcanzar unas fronteras similares a las que tuvo la Unión Soviética porque con cada levantamiento en su contra en el extranjero ganaba una nueva porción de tierra para su imperio. Continuó la labor occidentalizadora de Rusia emprendida por Pedro I el Grande. Como fruto de su reforma administrativa del Estado, publicó el primer compendio legislativo ruso. Creó las primeras escuelas para mujeres y un colegio médico. Fue protectora de las letras y las ciencias porque ella misma era una intelectual. Esta condición entró en conflicto muchas veces con las medidas de privilegio con que favoreció, por simple lealtad, a quienes la habían entronizado, los nobles. Una de estas medidas provocó un alzamiento popular entre 1773 y 1775 liderado por el cosaco Pugachov que Catalina aplastó drásticamente: aboliendo el ejército cosaco.
Su costado intelectual se carteó con Voltaire y Diderot alcanzando un gran dominio del género epistolar. También escribió teatro de carácter satírico-didáctico y fundó el periódico “Cualquier tontería” desde donde defendió de su puño y letra su sistema de gobierno, el absolutismo.
Tuvo cuatro amantes famosos: Orlov, Poniatowski, Potemkin y Zubof. Los cuatro obtuvieron jugosos beneficios de la relación con la zarina. Poniatowski, por ejemplo, se ganó ni más ni menos que el trono de Polonia como Estanislao II, lo cual le deja muy bien parado (y nunca mejor dicho, si se me permite un chiste fácil) como amante porque… ¡hay que hacer algo que valga un trono! Sin embargo, Catalina nunca les permitió ascender de la categoría de amantes porque se sentía perfectamente cómoda en “la soledad del poder”.
Murió a los 67 años cuando planeaba una coalición europea contra Francia. Fue considerada “la personificación del espíritu nacional ruso”.

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