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Manuel
Blanco Romasanta
Regueiro,
Esgos (Orense - España) 18-11-1809/ ¿?
En junio de 1852 Antonio Gómez, natural de Nogueira de Montederramo,
de aproximadamente un metro y medio de estatura y calvo pero, aún
así, seductor, fue reconocido en Toledo por tres gallegos como
el criminal Manuel Blanco Romasanta, sospechoso de las desapariciones
de Josefa, Manuela y Benita García Blanco, con sus tres hijos,
y las de Antonia Rúa y sus hijas, Peregrina y María. Se
le acusaba de haber asesinado salvajemente a sus víctimas y después
vender su ropa e, incluso, el sebo de sus cuerpos a boticarios y señoras
ricas de Portugal para la fabricación de productos cosméticos.
Por esto se había ganado los apodos de “El del sebo” y “El
Sacamantecas”. El negó las acusaciones pero en el lugar
donde se alojaba encontraron un documento a su nombre que echaba por
tierra su falsa identidad. El juez descubrió, además, que
en Nogueira de Montederramo no existía ni había existido
nunca un Antonio Gómez, para sorpresa de Romasanta que con tanto
cuidado había escogido un nombre lo suficientemente común.
Las confusiones de identidad fueron parte de su vida desde su nacimiento
ya que había sido bautizado como una niña, con el nombre
de Manuela Blanco Romasanta. (En la foto, una calle de Regueiro, la encantadora
cuna de la bestia)
Acosado por las pruebas en su contra, reconoció ser el criminal
buscado pero sorprendió a todos al confesar que él también
era víctima… pero de un maleficio. Era hombre lobo. El
astuto Romasanta estaba apelando a un mito popular absolutamente arraigado
en la cultura gallega: la licantropía. Se creía que fruto
del coito con un animal o con el propio Diablo, de una maldición
familiar o los efectos secundarios de una pócima, por andar comiendo
médula de lobo o carne humana, por ser hijo ilegítimo o
el séptimo de una familia en la que sólo nacieron varones,
uno podía ser hombre lobo. Romasanta declaró que cuando
se transformaba no podía frenar el impulso de devorar gente y
que se daba cuenta de las atrocidades cometidas días después,
cuando volvía a su forma humana. Confesó trece crímenes,
cuatro más de los que se le imputaban, pero la Justicia comprobó después
que se estaba adjudicando crímenes de lobos de verdad como el
de María Pérez, atacada por éstos el 1º de
mayo de 1849 mientras pastoreaba cerdos. Aseguró que cazaba en
jauría, acompañado por otros dos licántropos a quienes
llamaba Don Genaro y Antonio. Dijo también que el certificado
donde figuraba como Antonio Gómez lo había falsificado
su compañero de correrías, Don Genaro. Los peritos comprobaron
que la letra de dicho documento efectivamente no era de Romasanta pero
la investigación de sus misteriosos acompañantes no prosperó.
Se requirió un estudio para averiguar si Romasanta era “un
invécil lelo, loco rematado, maníaco parcial, o criminal
sereno”. En el informe se determinó que estaba perfectamente
cuerdo y tomándole el pelo a la Justicia. El 9 de abril de 1853
fue condenado a muerte mediante garrote por nueve homicidios agravados
por el “abuso de confianza”. Pero para efectivizar el fallo
era necesaria una vista en la Audiencia de La Coruña y, en este
caso particular, que el fallo le fuera comunicado previamente a la reina
Isabel II. El abogado de pobres de turno, Rúa Figueroa, centró la
defensa de quien la prensa ya había bautizado como “El hombre
lobo de Allariz” en la debilidad mental de su cliente y la ausencia
de los cuerpos. La Justicia contaba con unos pocos huesos humanos como
toda prueba de las muertes, encontrados donde Romasanta les había
indicado que buscaran. En esa época no existían estudios
de ADN ni nada que permitiera certificar que esos huesos pertenecieran
a las víctimas. Lo único que realmente podían probarle
era el robo de efectos personales y la detención ilegal de personas.
El abogado consiguió que la sentencia de muerte se convirtiera
en cadena perpetua. En la segunda vista fue más lejos, diciendo
que todo el caso estaba basado sólo en indicios pero el tribunal
confirmó la pena de muerte. Rúa Figueroa no se dio por
vencido y envió un pedido de nulidad a la Reina porque la sentencia
no había sido publicada en el plazo que requería la Ley.
Ella había exigido que la ejecución de Romasanta no se
realizara sin su autorización y que se le permitiera a un tal
doctor Philips, profesor en electro-biología (hoy llamada hipnosis),
realizar experimentos con el acusado. El tribunal accedió a regañadientes
pero el misterioso profesor nunca llegó a Galicia desde su residencia
en Argel y nunca más se supo qué fue de él. Finalmente,
la Reina conmutó la pena capital de Romasanta el 13 de mayo de
1854. El hombre lobo fue trasladado a la prisión de Celanova donde
se perdió su rastro para siempre. No hay registro ni testimonio
alguno de su vida o de su muerte allí. Algunos rumores decían
que falleció poco después de llegar. Otros, que siguió transformándose
y asolando las tierras orensanas.
Romasanta sufrió otra transformación después de
su desaparición: se convirtió en musa. Ha inspirado la
novela "Romasanta. Memorias inciertas del Hombre Lobo" de Alfredo
Conde y una película basada en la primera del director Paco Plaza.
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