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... o no, pero encontrarás biografías de personas raras que con su genialidad o sus bajezas condimentan la Historia; apuntes de cine, arte, literatura y lo que venga; impresiones que nos salieron al paso; y fragmentos literarios. Todo en estos tres rubros:

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Sei Shonagon

En la foto, "Mujer amada" de Uemura Shoen. No hay retratos de Sei Shonagon)
Se cree qe nació cerca del año 960. Antes de cumplir 25 años, se había casado y es probable que tuviera un hijo. Después de divorciarse, comenzó a cumplir funciones de dama de compañía de Sadako Teishi, miembro de la dinastía dominante del momento, los Fujiwara. Cuando tenía alrededor de 30 años comenzó a escribir su diario, “Makura no soshi”, el libro con el que trascendería. Aunque ni siquiera se conoce su verdadero nombre, porque Sei era una referencia a su padre y “shonagon” un rango imperial, ella es una de las más famosas representantes de un período extraño de la historia del mundo en el que en Japón las mujeres escritoras superaban en número a los hombres, mientras que en Europa las escasísimas escritoras eran monjas que narraban vidas de santos (el resto podían sentirse agradecidas si aprendían a reconocer las vocales). Shonagon, sin embargo, se pudo permitir el “lujo” de ser ingeniosa, sensual y totalmente pop, y hablar de cosas que las europeas ni siquiera se atrevían a pensar en privado. Si no fuera por la vida que describe, su diario parece escrito ayer. Le encanta hacer listados de cosas encantadoras, odiosas (por ejemplo, que se presente un mosquito cuando uno está por dormirse: “Aún sabiendo que es un ser insignificante, lo encuentro detestable”) o cosas sórdidas (“El revés de un bordado”); relata anécdotas de corte y leyendas; y hace observaciones mordaces sobre el comportamiento de hombres y mujeres, las relaciones amorosas y el sexo. Es una clasista fanática de la familia imperial y tiene un ego a prueba de bomba, como cuando habla de mujeres hermosas en primera persona, pero es tan simpática e inteligente que cualquier crítica al respecto sería muy poco elegante por parte del lector. Shonagon era cool siglos antes de que se inventara el término. Las escritoras como ella fueron, además, grandes responsables de que Japón tenga un sistema de escritura propio. O sea, el japonés era “cosa de minas” ya que los hombres cultos escribían en kanji, caracteres chinos de la dinastía Tang. Las mujeres, sin embargo, lo hacían en hiragana, una creación autóctona que con el tiempo y de la mano de estas cortesanas instruidas, terminó por imponerse. El “Makura no soshi” de Shonagon es hoy uno de los clásicos de la literatura japonesa y estudiado en las universidades como modelo de pureza lingüística.
La, ya para entonces, emperatriz Sadako murió a fines del año 1000 dando a luz a su hija y, a partir del año siguiente, se pierde por completo el rastro de la escritora. Abandonó la corte y, hacia el 1010, aparentemente habría terminado su libro para regalárselo a la hija de Sadako. Después de eso, desaparece de la historia.

Un poco de su libro: “Anochece y apenas puedo seguir escribiendo. Sin embargo, me gustaría dejar terminadas mis notas por completo, haciendo un último esfuerzo.
Escribí estos apuntes sobre todo lo que vi y sentí, en mi habitación, pensando que no iban a ser conocidas por nadie. Aunque mis anotaciones son triviales y sin importancia, podían parecer malintencionadas e incluso peligrosas a otros; por eso he tenido cuidado en no divulgarlas. Pero ahora me doy cuenta de que, así como inevitablemente brotan las lágrimas, según dice el poema, del mismo modo estas notas dejarán de pertenecerme. Un día, el ministro del Centro entregó a la Emperatriz una pila de cuadernos. La Emperatriz me preguntó:"¿Qué se podría escribir en ellos? El Emperador ya está redactando los Anales de Historia". Entonces yo le contesté: "Si fueran míos, los usaría como almohada". La Emperatriz me dijo: "Entonces, quédatelos", y me los dio.
Comencé a llenarlos con el relato de rarezas sobre hechos del pasado y toda clase de asuntos. Llené una enorme cantidad de hojas. En mis notas hay muchas cosas incomprensibles. Si hubiera elegido temas que las demás personas consideran interesantes o espléndidos, o si hubiera escrito poemas sobre árboles, plantas, pájaros o insectos, los otros podrían juzgar mis escritos, tendrían derecho a afirmar "conocemos sus sentimientos". En otras palabras, la crítica sería admisible.
Pero mis notas no son de esta clase. Escribí para mi propio entretenimiento, y apunté únicamente lo que sentía. Nunca esperé recibir, sobre estos escritos casuales, comentarios tan importantes como los que se dedican a notables libros de nuestro tiempo. Me sorprendo cuando escucho cómo los lectores aseguran que se sienten apabullados ante mi trabajo. Pero es natural que actúen así: conozco la mentalidad de aquéllos que hablan bien de lo que detestan, y critican lo que les gusta. Por eso todavía lamento que hayan leído mi libro.”

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