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El 25 de mayo

No tengo nada que decir sobre el 25 de mayo y no sé nada excepto que estaba lloviendo. He oído mil veces los nombres y las frases. He visto los cuadros. He comprado las escarapelas. He mirado de manera especial ese día a los granaderos (aunque creo que no tuvieron nada que ver con el asunto y ellos no han podido aclarármelo con su ausente y concentrada cara de póker).
Creo que el del 25 fue un problema entre españoles al punto de que los que ganaron instauraron como propios los colores de la familia del rey de España, celeste y blanco. Y más allá de que una persona en su sano jucio no discute los feriados, no entiendo muy bien por qué se celebra tanto... si, al fin y al cabo, tuvo tan poco que ver con lo que después se llamó Argentina. Supongo que es porque los países jóvenes tienden a celebrarlo todo para demostrarles a los viejos que también tienen Historia. Aquí todavía suenan por casi todo las fanfarrias. El tiempo aún no ha comenzado su selección natural de hechos y personas: conviven juntos en una especie de sala de espera de consultorio psiquiátrico donde todos se creen Napoleón y todos las batallas son Waterloo.
Pasarán los siglos. Los historiadores me van a pintar todos los brillos y otros me van a susurrar al oído el lado oscuro de cada uno de esos brillos. Pero, en realidad, yo ya sé lo que me interesa: que llovía. Y me resulta simpático por parte del destino que ciento noventa años después, ese día haya estado nublado otra vez. Porque así pude mirar el cielo y ver casi lo mismo que vieron ellos. Así se hace más fácil entenderlos. Así casi parecen nosotros.
De niña me enseñaron que hay que escuchar a los demás y, sin embargo, no puedo evitar perderme observándoles las manos, las cejas, la manera de caminar, la piel, los gestos, el timbre de la voz porque es ahí donde más sustancia encuentro. Muchas veces realmente no estoy escuchando las palabras. Porque muchas veces se habla por hablar e incluso se hace por hacer... pero los tonos de la piel, cómo se contrae y se estira, cómo y por qué transpiró, no se pueden mentir y son los que convierten a las personas en lo que quiero que sean: poemas.
Eso es lo que me falta siempre de los personajes históricos. Eso es lo que busco cuando me toca pasar por los arcos que aún no le amputaron al Cabildo y acaricio disimuladamente las paredes de la fachada pensando que ahí puede haber estado apoyada alguna persona algún día de hace mucho tiempo. Y quizá dejó una partícula de su persona con la que yo voy a poder terminar de armar la mía. Para eso, en realidad, necesito viajar al pasado: para encontrarme a mí. No es que no me interese Cornelio Saavedra pero qué carajo me importa lo que dijo en la asamblea. Si lo hubiera visto caminar cuando se iba para su casa habría entendido todo.

por Locusta

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