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Buenos Aires

La ciudad es un conjunto de edificios que un terremoto puede destruir en menos de un minuto. Cuando el terremoto ha pasado y se ven las torres partidas al medio y las cúpulas tiradas en el suelo como bolas de helado, se percibe lo que la ciudad realmente es. Nada. Sin embargo, el paso de millones de personas durante siglos le termina dando un espíritu y una personalidad. Le termina prestando isntrumentos para que se construya un carácter. Como pasa con las iglesias donde ya no importa si Dios existe porque la fuerza de los miles que pasaron por ella creyendo que sí puede terminar creando un dios a nuestra imagen y semejanza.
Buenos Aires es de esas ciudades que rápidamente se fabricaron un alma. Es de esas que se recuerdan con emociones de piel como si fueran personas. Es donde pasa mucha gente hablando sola. Donde Batman no podría hacer una de sus entradas triunfales porque quedaría enredado en los cables que cruzan de un edificio a otro. Está levantada con nervios. Como si la intención hubiera sido construir una nueva Alejandría pero no hubiera alcanzado el tiempo. Ni el dinero. Crece como un virus, con un patrón desconocido para los científicos, con un ansia depredadora que ni Atila ostentó. Es tan poderosa que permite que todos dejen su huella en su superficie sin miedo a perder la identidad. Pueden leerse aún en las paredes los mensajes que escriben los noctámbulos y aunque algún vecino tape con pintura las declaraciones de amor o de guerra que escribieron en el frente de su casa, por fortuna no hay todavía ninguna política que las erradique sistemáticamente. Conserva el desorden de cuando los artistas aún eran capaces de ver la belleza de un monumento cubierto de smog y no estaban embarcados en la ardua tarea de encontrarle la belleza a una milanesa de soja. Y es que Hitler no ganó la guerra pero sí la silenciosa batalla cultural. Muchos de los conceptos que a duras penas pudo hilar con su cerebro estrecho y las diversas mutaciones que éstos han engendrado, se han instalado en nuestras vidas sin que nos hayamos dado cuenta. Por eso ya no comemos: nos nutrimos. Por eso ya no hacemos el amor: ejercitamos nuestros órganos sexuales. Por eso mantenemos limpio nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestro curriculum, nuestro pasado, nuestra casa y nuestra ciudad. Porque ahora todos pensamos, como él, que en un lugar limpio y bonito se trabaja mucho mejor. Y como él, endiosamos la armonía y la juventud por encima de todas las cosas. Y -¡qué lástima que él no podrá verlo!- dentro de muy poco vamos a poder encargar nuestros hijos a un servicio delivery que nos los traerá rubios, blancos, sanos, con jamón y morrones. Este culto a la armonía y la salud del que somos discípulos terminará como aquel experimento nazi en la selva del Paraguay donde fue llevado un grupo de alemanes para propagar la raza suprema por el mundo. A base de aparearse entre sí, la raza suprema derivó en un grupo de mogólicos que aún hoy vagan por ahí tratando de cultivar cebada en medio de la selva para fabricar cerveza con la que, al menos, beber para olvidar. La Naturaleza y el Destino siempre se terminan vengando de nuestra mediocridad.
Buenos Aires corre el riesgo de que el poder le instale macetones con geranios en las esquinas y músicos de cámara en la plaza dominguera, provocando naturaleza donde la Naturaleza no quería estar y a Bach donde Bach no debe buscarse. Corre el riesgo de que la domestiquen, la adoctrinen, la laven y la alisten en ese triste conjunto de capitales despersonalizadas donde hasta para pedir limosna hay que presentar una "carpeta de proyecto" en el consejo vecinal más próximo a su domicilio. Buenos Aires debe apelar a su alma y ojalá su alma sea salvaje.

por Locusta

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