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El dinero

En el principio, las familias se procuraban lo que necesitaban. Pronto a un hombre se le ocurrió que podía producir "uno" para él y "otro" para cambiar con los de la choza de al lado rompiendo la armonía del autoconsumo. Y entonces a otro, que era algo así como un hombre de negocios pero semidesnudo y con abundante barba, se le ocurrió que no quería intercambiar una mercancía sino dos. Con ese pequeño paso dio origen sin querer a una mercancía universal que todos están dispuestos a aceptar: el Dinero. Granos, cabezas de ganado, plumas, especias, seda... ahora el hombre podía almacenar la prueba de su avaricia. Podía jugar juegos. Podía también ser siniestro.
Pero, claro, los granos se pudren, el ganado muere, las plumas se vuelan, la seda se rasga y las especias hacen estornudar. Sólo los metales preciosos permanecen y nunca pueden perder su valor. Por esta característica eterna y todopoderosa, el oro y la plata se convirtieron en los representantes absolutos del valor y se empezaron a acuñar en forma de monedas que valían lo que pesaban. Ya en el 2.700 antes de Cristo circulaban por el antiguo Egipto así que acompañan al hombre en su camino desde antes que lo hicieran, por ejemplo, los Derechos Humanos.
Las monedas, sacerdotisas del dios Dinero, nos conocen muy bien. Han estado en nuestras manos mucho más tiempo que cualquier libro, impregnando de olor metálico nuestro sudor. Ellas han sido una de las ofertas de ese Polirubro de la Perdición llamado Satanás. Ellas han soportado en sus caras decoradas con rostros de hombres y mujeres insignes la terrible responsabilidad que les delegamos de ser nuestro instrumento de corrupción.
En el siglo XX las monedas brillaron como nunca y tal vez jamás vuelvan a ser lo que fueron cuando el dinero de plástico termine de tomar sus dos últimas plazas fuertes: las golosinas y las limosnas. Cuando se pueda comprar hasta caramelos con tarjeta y ya no se pueda dar limosna porque todo nuestro capital será manejado por un órgano de control que evaluará nuestra confiabilidad entonces se nos escaparán algunas lágrimas cuando escuchemos la canción "Hermano, ¿te sobran diez centavos?". En siglo XX las monedas corrieron libres porque el Dinero se consolidó como el rey de dioses. Es Zeus, Júpiter, Alá y Yavéh juntos... y tiene un no sé qué de estrella de Hollywood. Sin duda es un dios caucásico y habla inglés. Sin duda importamos su culto desde la capital del imperio y sin duda "Time is money" ("Tiempo es dinero") es uno de sus mandamientos. Las dos grandes guerras que transcurrieron en ese siglo sirvieron para apuntalar su poderío en la imaginación popular. Muchos crecieron en oscuras posguerras con la urgencia de un estómago vacío. Vieron a sus padres contrabandeando por amor, peleando por un plato de garbanzos, entregados a una miserabilidad que ni ellos mismos sospechaban que llevaban dentro. La prosperidad se convierte entonces en la única prioridad. Todo, absolutamente todo, pasa a segundo plano. Así crecieron y aunque después vivieran en tiempos de paz, y ya no les faltara la comida y el abrigo, no pueden ir en contra de su crianza. Recuerdan qué poco importa todo cuando te suenan las tripas y sobre esa base construyen sus vidas y las de sus descendientes, nosotros.

por Locusta

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