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La educación

"Un camionero estadounidense tardó una hora en hacer el recorrido de Louisville a Nashville. Sin embargo, de Nashville a Louisville tardó sólo sesenta minutos. ¿Por qué?" Con este y otros dilemas similares se determina en un test la inteligencia y aptitudes de un niño. No sorprende en absoluto esta interpretación subrrealista de la agudeza mental cuando se recuerda que fue cocinada en uno de esos centros donde se sacrifica la inteligencia en pos de la astucia, la creatividad en pos del instinto de supervivencia, la intimidad en pos de la masificación, la gloria en pos del éxito. Donde las cosas se definen de una sola manera porque se pretende que hay una sola realidad. Donde se vive bajo las normas del bien y el mal sin matices ni propuestas alternativas. Ese lugar donde maestros desapasionados por falta de sueldo, reconocimiento o vocación están determinados a asegurarse de que todos terminen convertidos en los mismos gusanos que somos nosotros, los adultos. Ese lugar se llama escuela.
Allí se obliga a los niños a usar un guardapolvos "para -según dicen- no evidenciar las diferencias sociales" cuando lo que debería enseñárseles es a no tapar los signos de la pobreza. A aprender a convivir y respetar al que tiene menos pero, sobre todo, a tenerlo presente porque esa es la única forma de solidarizarse. Se les enseña que el conocimiento está ligado al sacrificio, no a la satisfacción, cuando se les obliga a convertir su vida cultural en rutinas y encierro carcelarios. Se les enseña que el humor es interrupción cuando se castiga al que hizo un chiste porque la cultura debe ser aburrida y solemne. Se les enseña que el conocimiento pertenece a un mundo paralelo e inútil cuando, por ejemplo, aprenden a conjugar los verbos como lo hacen los españoles y no como lo hacen en la esquina de su casa sus vecinos, sus amigos y ellos mismos. Allí se idean métodos de castigo para la inasistencia en lugar de preguntarse por qué los niños no quieren ir. A este dilema sí puedo aventurar una respuesta: probablemente, con su intuición aún no domesticada ni reprimida, los niños saben que ahí dentro algo anda mal. Adivinan que no está bien leer la Historia en esa forma simplicada y desapasionada que pedagogos frustados le roban a los historiadores. Que hay cosas, personas, modos de vida, emociones, lugares y luchas que no figuran en ninguna parte. Ni siquiera en ese apéndice fundamentalista del sistema académico de pensamiento llamado Diccionario. Que la búsqueda de conocimiento no puede ordenarse en un caminito recto y planificado con un punto de salida y uno de llegada. Ya que no importa tanto la conclusión como el camino que cada uno traza para alcanzarla. Ese camino es el que construye a la persona y no la listita de datos y consejos prácticos que cuatro ancianos rebosantes de colesterol malo puedan diseñar.
Los conformistas aseguran que estas morgues de cerebros son la única opción posible para que la enseñanza llegue a todos. No se puede aspirar, dicen, a que cada niño tenga un maestro que lo conozca y lo respete. No se puede soñar con que cada niño tenga un Sócrates para que lo instruya como tuvo Alejandro Magno. Claro: si todos los niños tuvieran un Sócrates quizá todos pensarían que merecen un destino de grandeza como el de Alejandro y eso El Poder no quiere o, mejor dicho, no puede ofrecerlo porque la grandeza no combina bien con el saco y la corbata. Y, vencidos, desarmados y confundidos, celebran que se haya incorporado la computación a la enseñanza porque esa es la llave del futuro. Si el futuro de la Humanidad está depositado en un enchufe, ya mismo voy a meter allí los dedos porque no quiero ver lo que se viene. Sé autodidacta o vas a terminar acertando la respuesta del test.

por Locusta

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