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Acerca de....
El arte
Un 25 de septiembre del año 38.000 antes de Cristo, Josefina Sapiens
estaba sentada dentro de la caverna de sus padres. Los hombres se habían
ido a cazar un par de bestias. Las mujeres estaban haciendo sus quehaceres
domésticos habituales que, por aquel entonces, no eran muchos ya
que no había pisos que encerar, ni ropa que necesitara ser planchada,
ni vajilla. De modo que terminaban temprano y el resto del tiempo lo dedicaban
a organizar carreras de piojos en medio de toda aquella inmensidad virgen.
Josefina estaba entregada a una tarea "inútil" (como decían
siempre sus padres): su manía de pensar en abstracto. Los hombres
no habían ido muy lejos. Siguiendo a los bisontes se habían
instalado temporalmente en una sabana rodeada de horizonte por todas partes.
Así que se los podía ver a lo lejos corriendo en desorden
entre los animales desesperados. La emoción de la cacería,
el peligro de las bestias aterradas, la valentía desordenada de los
hombres, los colores de las nubes que parecían explotar detrás
de ellos como el fuego de toda la Tierra. Josefina giró sobre sus
talones temblando de emoción. Recorrió la caverna con la mirada.
Los muros de roca le parecieron, por primera vez, incompletos. Ni bellos,
ni feos, ni pobres, ni ricos: incompletos. Con la serenidad del que asume
su deber, se acercó a las brasas casi muertas de la fogata de la
noche pasada y tomó un carbón. Después caminó hasta
las paredes y, como si su mano tuviera voluntad propia, comenzó a
dibujar todo lo que había visto. Y más.
"Burro bonito" le decían los ancianos de la comunidad.
Josefina no servía para nada aparentemente. Era una carga, no sabían
qué hacer con ella. Habían probado con el diálogo,
con regalos, a empujones y a garrotazos. Pero nada: se pasaba todo el día
tirada en su montoncito de paja juguetenado con un rizo de su cabello o
aguando fiestas. No quería bailar el "Unga, unga" que era
el tema de moda. Decía que era estúpido y que no le importaba
que a todos les gustara. Siempre decía cosas absurdas. Cuando acampaban
en un nuevo lugar, por ejemplo, hacía comentarios sobre la curiosa
disposición de las piedras, los colores de las plantas autóctonas
y toda una serie de cosas que no aportaban nada al objetivo común
de acampar. Los de su tribu, presos de un pragmatismo que casi los hacía
parecer estadounidenses (si no fuera porque tenían demasiado pelo
en el sobaco), consideraban que Josefina Sapiens estaba en la Edad del
Pavo mientras ellos ya estaban en la Edad del Reno.
Murió joven. Se desnucó contra el piso cuando trataba de dibujar
un mamut en un techo demasiado alto. La enterraron como a los demás:
con una lluvia de pétalos. Sus padres la amaron "a pesar de
todo" como ellos decían. También un cazador la amó.
No pudo escribirle cartas de amor ya que no existía la escritura
pero, igual, se las arregló muy bien llevándole en su lugar
una cabeza de rinoceronte lanudo cortada por él mismo. Dejó algunos
buenos recuerdos, algunas anécdotas graciosas pero en definitiva
no había sido otra cosa que un problema.
Después vendría toda una larga lista de Sapiens (en esa época
eran como ahora los Pérez) que pensarían que pintar las paredes
era re-cool. Y pronto una caverna sin dibujos sería cosa de ignorantes.
E inventarían colores y nuevas formas. Y a la nueva onda la llamarían
arte rupestre. Pero eso pasaría mucho después. Cuando ya nadie,
ni ella, estaría allí para verlo.
Hace poco unos antropólogos encontraron el cráneo de Josefina.
Brindaron con champán y la presentaron en el Discovery Channel como
a una estrella de Hollywood. La habían rebautizado con uno de esos
nombres impersonales que ponen los científicos. Y frente a millones
de espectadores, le reconstruyeron el rostro. Científicos y espectadores
quedaron estupefactos al ver que Josefina, "pese a todo" como
decían sus padres, había muerto con una sonrisa en los labios.
En alguna parte de sus 1.500 centímetros cúbicos de cavidad
craneal flotaron en su último día las palabras de Van Gogh: "Tu
profesión no es lo que te da el dinero sino aquello que viniste a
hacer a esta tierra con tanta pasión e intensidad que es casi un
llamado espiritual". Un recuerdo del futuro.
por Locusta
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