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Acerca de....
La pasión
Una forma de evaluar el papel de la pasión en nuestra vida es ver
cómo terminan los apasionados del mundo. Juana de Arco quemada en
la hoguera. Don Quijote cuerdo, pidiendo disculpas y dictando su testamento
en el lecho de muerte. Aníbal huyendo único y abandonado,
refugiándose en cortes que iban cayendo frente al imperio sin remedio
y, finalmente, envenenándose antes que romper la promesa de "odio
visceral a Roma" que le había jurado a su padre a los seis años.
El Che perdido en un paisaje extraño con su asma como único
enemigo. Y Dios traducido por pastores de traje tornasolado y diente de
oro que piden para sus milagros "un fuerte aplauso".
Pero la pasión nos preexistía. Estaba, era y es antes y a
pesar de que nosotros tratemos de entenderla. Es desordenada, avasalladora,
trágica, ciclotímica. Pone a los hombres frente al abismo
de manejarse con criterio propio porque es la imposibilidad de ponerle nombre
a lo que se ve y a lo que se consigue. No se puede tocar pero puede clavarse
en el estómago tan física y afilada como una sevillana. No
se la puede puntuar de cero a diez y, sin embargo, se maneja con los códigos
del triunfo y el fracaso. No le sirve para nada concreto a la comunidad.
Rompe los códigos de unidad, de grupos de personas dirigiéndose
hacia un objetivo compartido, y el sueño del hormiguero feliz. Convierte
a todos en espectadores de su show de fuegos artificiales. Es el egoísmo
de los dioses que de pronto baja a la Tierra y ataca como una enfermedad
a pequeñas personitas llevándolas a emborracharse con el mismo
Júpiter. Volando en círculos sobre nuestras cabezas elige
una presa de aquí abajo a través de la cual manifestarse.
Y eso nos asusta de ella: puede manifestarse lo mismo en un artista genial
que en una cucaracha huyendo de su verdugo por la pared de la cocina. No
entendemos su criterio de selección, ni sus intenciones. Escribe
historias vergonzosas y exageradas donde los héroes pueden ser payasos
insoportables un día y mártires conmovedores a la mañana
siguiente. No es elegante, tiene mal gusto y no combina con ningún
accesorio. Hoy vive sus peores horas. No está desprestigiada. Peor:
está cariñosamente dejada de lado como un pariente con "capacidades
especiales" que se babea en un rincón. En nuestra era, la del
Homo Kennedyensis u Hombre de Hyannisport, donde la conducta se rige por
la máxima de Joseph Kennedy "No importa lo que eres, sino lo
que la gente cree que eres", donde las luchas atañen sólo
a lo que se puede tocar y acumular, la pasión es un curioso objeto
de museo. No tiene nada que hacer en el mundo de la apariencia y lo utilitario.
Es sólo un lindo aderezo para aplicar adulterado y con gotero en
los manifiestos del Nuevo Romanticismo. Esos que hacen chillar de gozo
las flamantes e iletradas hormonas en celo de algunas adolescentes: las
canciones de Luis Miguel.
por Locusta
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