¿Cómo era realmente?
Estatura: 1,66
Ojos: Azules
Cabello: castaño

Hábitos de belleza En su juventud, salía a trotar por el vecindario. También hacía pesas con dos mancuernas que la acompañaron por muchos años. No tomaba sol para preservar la palidez de la piel. Se teñía el cabello una vez por semana, los sábados por la mañana. Creía que uno de los pilares de la belleza es tener siempre el cabello impecable. Usaba la raya al costado izquierdo.
Se decoloraba el vello del rostro. En los últimos años de su vida, también decoloraba el vello del pubis para ser «completamente rubia». A veces, se ponía vaselina en las encías para sonreír con fluidez. Después de lavarse la cara se pellizcaba la piel 15 veces. En ocasiones, usaba vaselina o crema con hormonas en el rostro. Otras veces, una capa de lanolina o aceite de oliva. Tomaba baños de agua helada a la que agregaba unas gotas de Chanel Nº 5. Usaba Nivea Skin Moisturizing Lotion. Utilizaba postizos para realzar el busto. Dormía con sostén para prevenir la caída del pecho. Cuando quería salir sin ser reconocida usaba una peluca negra.

 

Medidas
Monroe, en realidad, nunca midió 90-60-90. Según la época, su pecho estaba entre los 92 y los 97, la cintura entre 62 y 64, y las caderas entre 88 y 95.

Cabello rubio
Después de haberse negado durante mucho tiempo, Monroe accedió a teñirse de rubia en 1946, para una serie de fotos publicitarias del champú Lustre Crème.

Cirugías
A finales de los ´40 arregló su dentadura con prótesis.
En 1950 se hizo una cirugía para perfeccionar la nariz (cuya punta tendía a bajar cuando sonreía) y la barbilla.

Maquillaje
Usaba pestañas postizas. En los labios, armaba un color propio combinando tres tonos distintos de pintalabios. Encima colocaba una capa de brillo incoloro. En los pómulos y las sienes colocaba el colorete, generalmente, rosa oscuro.
En los párpados, jugaba con sombra blanca y el propio color de su piel.
Según la época, se delineó los ojos de diferente forma pero siempre con color negro.
Joyas
Tenía pocas y no solía usarlas porque consideraba que las joyas compiten con la belleza de la propia mujer que las lleva.