La
rubia más famosa de la historia nació el 1
de junio de 1926 como
Norma Jeane Mortenson en el Hospital General de Los Angeles. Con un padre
abandónico y una madre loca que nunca quiso hacerse cargo de ella,
Norma Jeane anduvo errante desde los nueve años por orfanatos,
casas de parientes y familias adoptivas hasta que a los 16 se casó
con el vecino de una de sus tantas tías postizas, el marino mercante
Jim Dougherty. El desamor, la desprotección y el abuso sexual sufrido
en uno de esos tantos domicilios ajenos la habían convertido en
una chica artificalmente erotizada y muy miedosa que, incluso, tartamudeaba,
defecto que la acompañó durante toda su vida.
Fue
descubierta por el fotógrafo y soldado David Conover cuando ella
trabajaba a los 18 años en una fábrica de aviones. Conover
le aseguró que su futuro no estaba allí sino en las portadas
de las revistas. Norma Jean tomó el guante y dejó a
su suegra para irse a vivir sola, abriéndose paso rápidamente
como
cover girl. Cuando su marido volvió de uno de sus tantos
viajes, le dio un ultimátum: tenía que elegir entre él
y su nueva carrera. Ella no tuvo demasiadas dudas: eligió
su carrera. En
abril de 1946 había salido por primera vez
en la portada de una revista (contra lo que se dice habitualmente su
primera portada no fue en la Family Circle sino trece días antes
en una revista inglesa llamada Leader). Además, tenía
un contrato con la 20th Century Fox y un nuevo nombre: Marilyn, en homenaje
a la comediante Marilyn Miller, y Monroe, el apellido de soltera de
su madre. En septiembre de 1946 ya estaba divorciada y parecían
abrirse maravillosas expectativas para el futuro. Sin embargo, al año
siguiente fue despedida. Marilyn aterrizó bajo el ala de Joseph
M. Schenck que le consiguió
un contrato con la Columbia Pictures en marzo del ‘48.
Siete meses más tarde fue despedida después de que, Harry
Cohn, el jefe del estudio, preguntara a gritos quién había
metido a “ese cerdo gordo” en la película al ver
a Marilyn en Ladies
of the Chorus. Parece
que esa vez el instinto del descubridor de Rita Hayworth falló.
A fines de ese mismo año,
el “cerdo gordo” enamoró perdidamente al magnate
Johnny Hyde que, a partir de entonces, se dedicó exclusivamente
a promover su carrera. Y Monroe se dejó cuidar porque tenía
el corazón
roto.
Durante la filmación de “Ladies
of the Chorus”, había conocido al que, según muchos,
fue el gran amor de su vida, Fred Karger, el director musical de la
Columbia. El tenía la misión de convertirla en cantante
y efectivamente lo hizo pero la misión terminó en romance.
Marilyn se había
integrado por completo a la familia de su novio para quienes era Maril
(le encantaba ponerse nombres falsos). Todos creían que se
iban a casar excepto el propio Fred Karger que respondió con
una carcajada a sus fantasías de ser una buena madre para los
hijos que él tenía de su anterior matrimonio.
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Bajo
la protección del Mr Hyde bueno, Marilyn remodeló
su imagen y consiguió su primera gran oportunidad en octubre del
‘49: un
papel secundario en The
Asphalt Jungle,
una película de John
Huston para la MGM.
Después
vinieron “The Fireball” y la genial All
About Eve donde se lució
en su papel secundario, mostrando ya su don natural para la comedia y
logrando lo que ninguna otra actriz logró jamás: robarle
cámara a la gran Bette Davis. Entonces, en diciembre de 1950, la
Fox volvió a contratarla. Johnny Hyde murió una semana después
con su objetivo cumplido. Faltaban aún tres años para que
se convirtiera en una estrella pero ya estaba encaminada. Los tiempos
de hacer equilibrio en la delgada línea que separa el modelaje
de la prostitución parecían quedar atrás.
Hizo una serie de papeles secundarios más
o menos importantes en películas de poca trascendencia, entre
las que merece destacarse Don't
Bother to Knock, un thriller
con el inolvidable Richard Widmark donde Marilyn compuso más
que bien su personaje de niñera psicópata. Por fin,
en 1953 llegó el éxito con su película número
dieciocho,
Niagara.
Allí interpretó a una maquiavélica y súper
sexy ama de casa de destino trágico. Marilyn se convirtió
en una estrella. Su imagen y el Technicolor eran la mejor pareja del
cine desde John Gilbert y Greta Garbo, decían. Al año
siguiente se casó
con el héroe del baseball, Joe DiMaggio. Lo había conocido
en 1952 cuando aceptó salir con él para hacerle un favor
a un amigo. DiMaggio se había encaprichado con Marilyn al verla
en una foto del diario. Ella, por su parte, no tenía la
menor idea de que él era una estrella del deporte porque el
baseball no le interesaba en absoluto. La atracción física
fue inmediata. Monroe no buscaba una relación seria, sin embargo,
la perseverancia del deportista logró hacerle cambiar de opinión
y, finalmente, se casaron el 14 de enero de 1954 en San Francisco. Lo
que iba a ser una ceremonia secreta se convirtió en un evento
multitudinario porque la propia Marilyn provocó el trascendido,
llamando a un par de amigos periodistas.
La pareja era totalmente incompatible: él era una estrella retirada,
ella una estrella en ascenso; él era tímido, ella basaba
su carrera en la exposición pública constante; él
quería un ama de casa, ella ni siquiera sabía cocinar
y, además, no le interesaba; ella quería superarse
culturalmente,
él no sabía que existía algo llamado cultura; etc.
Las cosas se desquiciaron del todo durante la filmación de The
Seven Year Itch cuando, a
modo de promoción, se hizo un simulacro de filmación
de la famosa escena del vestido blanco en plena calle, en New York.
El celoso descendiente de italianos estaba entre la gente que aullaba
muerta de risa cada vez que el aire del subte levantaba por los aires
el vestido blanco de su esposa. Esa misma noche los vecinos de la
habitación
del hotel donde se hospedaba la pareja escucharon los gritos y los
golpes. Marilyn pidió el
divorcio aduciendo violencia física y psicológica, aunque
esto no se divulgó en aquel momento para no dañar la imagen
del ídolo deportivo.
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