El gusto de Monroe por los excesos era proverbial. Pese a todo, era una persona muy saludable como determinó su autopsia. Su fortaleza física y su capacidad para seguir funcionando en las situaciones límite en que ella misma colocaba a su cuerpo
eran fuera de lo común.
Desde su desestructurada infancia se acostumbró a convivir con el alcohol y las pastillas que eran algo cotidiano a su alrededor. Empezó a consumir a los 17 o 18 años, seguramente iniciada por una de sus tutoras, Grace McKee, quien se suicidaría en 1953 por sobredosis.
Después llegó a Hollywood donde abundaban los médicos de receta fácil como Lee Siegel de la 20th Century Fox que medicaba a Judy Garland y durante mucho tiempo, a Marilyn. En los '40 las pastillas de moda eran los bennies, estimulantes derivados de la Benzedrina, muy populares porque quitaban el apetito y provocaban euforia. Después apareció el Dexedrine y el Dexamyl, del cual Marilyn era una gran consumidora. Para bajar tanto estímulo utilizaba Seconal y Nembutal. Y todo esto mezclado con alcohol.

Para mediados de los '50, según Elliot Corday, que había sido su médico desde 1948, Monroe "estaba tomando drogas, creo que de las duras, además de las pastillas para dormir. Terminé diciéndole que yo no iba a quedarme allí para ser testigo de lo que iba a ocurrir". Corday decidió no seguir atendiéndola porque "ella no quería un psiquiatra decente".

 


El caso lo tomó Ralph Greenson, desde 1960 hasta la muerte de Monroe. En la primera sesión, el doctor se sorprendió por el alto consumo de pastillas de su paciente y su conocimiento experto sobre el tema. Marilyn era un Vademécum andante y, según el maquillador Bunny Gardel, también una farmacia ambulante ya que solía llevar una bolsa de plástico llena de pastillas de todas clases. El doctor Greenson también supo que acostumbraba a visitar varios médicos que, a su vez, ignoraban la existencia de los demás para recolectar recetas. Marilyn padecía insomnio crónico y con los años de consumo sistemático, su cuerpo necesitaba cada vez mayores dosis o nuevas fórmulas para responder. En esta búsqueda se encontraba en 1962 cuando durante la filmación de
Something's Got to Give, se contactó con el famoso psicólogo Timothy Leary. En su autobiografía, el psicólogo cuenta que la conoció al final de una fiesta en Hollywood Hills. En California, Leary era tratado como el gurú de la psicodelia por sus experimentos con drogas duras en la Universidad de Harvard y paraba en la casa de Virginia Dennison con quien Marilyn tomaba clases de yoga. En ese primer encuentro ella fue directo al grano: quería que la iniciara en el consumo de LSD. Leary afirma que, sin embargo, el drogado esa noche fue él con dos "Randys Mandys", dos pastillas de Mandrax que Marilyn le suministró. Al día siguiente, comieron juntos y después tomaron una pequeña dosis de LSD a la orilla del mar, en la playa de Venice. Leary afirma que no sabía que ella estaba bajo tratamiento psiquiátrico aunque algunos consideran que debía saberlo ya que tenían muchos amigos en común.