En el cine hubo siempre muy buenas actrices. Algunas, mucho mejores que la Monroe. Otras igual de bellas o, incluso, mucho más bellas. Pero, por algún motivo, no se han convertido en íconos capaces de conectarse con las culturas más dispares. No es exagerado decir que la Monroe es patrimonio de la humanidad. Siendo el máximo símbolo del capitalismo como producto netamente hollywoodense que era, tiene mucho de inconformista por su origen humilde y su afán de superación intelectual; es el mayor objeto sexual de la Historia pero las feministas la reivindican; la desean los hombres pero la aman las mujeres (y viceversa). Vamos a tratar de encontrar el motivo por el que parece haber una Monroe para la fantasía de cada uno.

Su capacidad para inspirar
Es casi seguro que el primer paso firme hacia la mitología lo dio de la mano de Andy Warhol (1928-1987), máxima figura de un movimiento cultural surgido en la década del ’50 que predominaría en las dos décadas siguientes, el Arte Pop. En agosto del ’62 Warhol había empezado a experimentar con la serigrafía y estaba fascinado con esta técnica sencilla, rápida y azarosa. Inmediatamente que supo de la muerte de Marilyn tuvo la idea de trabajar con un retrato que el fotógrafo Frank Powolny le había hecho en 1953.

 
Así surgió "Cien Marilyns", una obra emblemática que dio la vuelta al mundo y que algunos definen como “un ícono sobre un ícono creado por un ícono”.

La semilla estaba plantada. La curiosidad de los artistas se volvió hacia ella y en 1967 se cristalizó en una instalación de la Galería Janus de Nueva York donde Marilyn, otrora considerada por algunos sólo un pedazo de carne, era el tema a desarrollar. Del arte desembarcó en el diseño y así es como hoy se la puede rastrear en lugares lógicos e ilógicos. Ropa, tazas, pines, platos, muñecas, mochilas, abrazada a James Dean o a Gardel... en cualquier parte, en cualquier momento puede aparecer la Monroe vendiendo generosamente objetos o conceptos.
Y su sola imagen convierte en tentadora cualquier cosa.